


«A pesar de lo que podamos pensar o decir, dejar de lado nuestra soberbia personal, y escuchar y leer a nuestros competidores, suele conducirnos a la toma de las decisiones correctas».
Niklauss.
Fuente y Redacción: Raimond – The first lerder
Setenta y tres.
Ése es el número de barcos que cruzaron el estrecho de Ormuz en una semana entera de este mes de agosto. Del 10 al 16. Setenta y tres.
Por ese estrecho de treinta y tres kilómetros de ancho pasa normalmente uno de cada cinco barriles de petróleo del planeta y una quinta parte del gas natural licuado del mundo.
La semana anterior fueron 91. La siguiente, 114. Repunta, sí. Y conviene decirlo, porque por ahí vas a leer que Ormuz «está cerrado» y no es exactamente verdad: quienes cuentan barcos de oficio lo describen como abierto pero muy alterado. No es lo mismo.
Pero contar barcos es la mitad de la historia. Mira lo que le ha pasado al país que controla la orilla norte del estrecho.

En febrero cargaba 2,22 millones de barriles al día, su máximo en cinco años. En agosto, 260.000. Un 88 % menos en seis meses.
Pero lo importante de ese gráfico no es la caída: es la forma. Ataque, bloqueo, acuerdo, rebote, ruptura, desplome. Y vuelta a empezar.
Eso no es un acontecimiento con fecha de caducidad. Es un régimen de parada y arranque. Y con eso no se planifica una cadena de suministro.
Y no te cuento nada de esto porque sea una curiosidad geopolítica de sobremesa.
Te lo cuento porque la semana pasada el INE publicó el IPC de agosto.
4,3 %.
Y la subyacente, la que quita energía y alimentos frescos: 2,9 %.
Esa diferencia de punto y medio es energía. Punto. No es el café, no es el alquiler, no es «los márgenes empresariales».
Es un estrecho de treinta y tres kilómetros a seis mil kilómetros de tu casa llegando a tu factura de la luz y al depósito de tu coche.
De un mapa a tu nómina en seis meses.
Ésa es la cadena completa.
Y cuando alguien te diga que con la geopolítica no se puede invertir, acuérdate de esta nius.
Ahora la parte que no esperaba nadie.
Con la energía disparada, lo lógico era que los bancos centrales bajaran tipos para sostener la economía. Es lo que decíamos todos hace un año.
Ha pasado lo contrario.
El Banco Central Europeo subió tipos el 11 de junio. La primera subida desde 2023, y citando expresamente el precio de la energía.
Un banco central subiendo tipos por un shock de oferta. Eso, en los manuales, tiene nombre: es exactamente el error de política monetaria de los años setenta. Y es la razón por la que la inflación europea va a ser pegajosa mucho más tiempo del que te están contando.
Al otro lado del Atlántico, tres cuartos de lo mismo: la Reserva Federal lleva todo el año sin mover un dedo y en julio tres miembros votaron a favor de subir. No de bajar. De subir.
¿Y el dólar? Arriba. No abajo. Arriba.
Guárdate ese dato, porque es el que hace interesante todo lo que viene ahora.

Y un apunte que a un europeo debería quitarle el sueño más que todo lo anterior junto.
En doce meses el gas natural ha subido un 118 % en Europa. En Estados Unidos, en el mismo periodo, ha bajado un 2,5 %.
Eso no es un susto de precio que se corrige en un trimestre.
Es una industria entera, la nuestra, trabajando con un coste energético estructuralmente superior al de su competencia. No es un problema de este invierno. Es un problema de esta década.
Lo que está pasando de verdad con el dinero.
Dólar fuerte y tipos reales altos son los dos enemigos naturales del oro. Con los dos en contra, el oro tendría que estar sufriendo.
Pues lleva un 28 % de subida en doce meses.

Y ahí está la clave que se le escapa a casi todo el mundo: si el oro sube contra sus dos enemigos naturales, no lo está moviendo la macro. Lo está moviendo la arquitectura del sistema.
El propio Banco Central Europeo lo publicó en junio: el oro ya pesa un 27 % en las reservas oficiales del mundo. Por encima de los bonos del Tesoro de Estados Unidos (22 %) y muy por encima del euro (15 %).
Eso no lo dice un canal de YouTube. Lo dice el BCE.
Mientras tanto, el banco central chino lleva veintiún meses seguidos comprando oro, la racha más larga que se le conoce, y este verano ha echado a andar en Hong Kong la primera cámara de compensación central de oro del mundo, capaz de mover metal físico en los dos sentidos con Shanghái.
Ojo, y prefiero decírtelo yo antes de que te lo cuenten mal por ahí: eso no significa que el yuan esté respaldado en oro.
No lo está.
Y el dólar sigue siendo el 57 % de las reservas mundiales de divisas… y encima subiendo. El yuan está en el 2 %.
La desdolarización que está ocurriendo no es la que te cuentan. Nadie está cambiando dólares por yuanes: el mundo está cambiando deuda por oro y, por si acaso, construyendo cañerías alternativas. Son dos cosas distintas.
Y ahora el dato que no cuadra.
En las carteras esto tiene una consecuencia muy concreta: las materias primas llevan doce meses subiendo entre un 35 % y un 40 %, y los mercados emergentes le han sacado diecisiete puntos al S&P 500.
Pero hay una esquina de este mercado donde los números, sencillamente, no cuadran.

Mira estas cifras de los últimos doce meses.
El trigo, un 51 % arriba. El maíz, un 29 %. La soja, un 24 %. Y el índice de precios de los alimentos de la FAO sube… un 1 %. Sigue un 18 % por debajo del pico de 2022.
Léelo otra vez. Las materias primas agrícolas se han disparado. Los insumos del campo, todavía más. Y el precio final de la comida apenas se ha movido.
Alguien está absorbiendo esa diferencia.
Y ese alguien es el agricultor, que lleva dos campañas comprando un 30 % menos de lo que debería en Estados Unidos y en Brasil, sencillamente porque no le salen las cuentas.
Cuando el que produce la comida deja de comprar lo que necesita para producirla, durante dos años seguidos, no pasa nada. La tierra aguanta, porque tiene reservas propias y va tirando de ellas.
Hasta que se acaban. Y entonces pasa todo de golpe.
Un mercado donde el coste de producir se dispara, el precio de venta no puede seguirle y el ajuste se hace dejando de comprar no es un mercado equilibrado.
Es un muelle comprimiéndose.
Esto ya ha ocurrido antes. Dos veces.
En 1856 el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que permitía a cualquier ciudadano reclamar como propia cualquier isla deshabitada del planeta que contuviera guano (mierda de pájaro, vamos…).
Después vinieron dos guerras. Una entre 1864 y 1866. Otra entre 1879 y 1883.
No fueron ni por petróleo, oro ni tierras. Fueron por mierda, literalmente.
Cuando el suministro de lo que da de comer a un país está en riesgo, los Estados no negocian precio: cambian de régimen, invaden o legislan.
Y en los últimos doce meses ha vuelto a pasar.
Tres gobiernos, en tres continentes distintos, han tocado por decreto este suministro clave, solo que ahora ya no es mierda, te cuento qué es, este sábado.
Y lo mejor de todo, nadie se fijó en él, por lo que nos ofrece una gran oportunidad asimétrica de inversión.
Feliz día.
P.D.: en CAT & AUM podemos informarte sobre cómo construir tu Plan de Ahorro en ORO.
¡Uff! Menudo artículo.. ¡eh! Esto no lo cuentan en todas partes.
Por suerte tú sí estás aquí.
Artículo recopilado By Niklauss
Para CAT & AUM
(Capax Ambulat Tut & Aurum Unit Mundis).
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