#CatFiles – #HistoriaIncomoda #Realidad #Verdad La guerra de Irán nunca fue para ganar. Era para esto. #1 #2 #3 #Iran


Fuente y Redacción: Raimond – The first lerder


Hay una pregunta que llevo semanas dándole vueltas en la cabeza y que, cada vez que aparece una noticia nueva, me cuadra más.

¿Y si la guerra de Irán no estaba diseñada para ganarla?

Espera. No te me vayas todavía. Voy a explicarte por qué esto importa y por qué tiene una traslación directa a tu cartera, a tu factura de la luz y a la geopolítica de los próximos veinte años.

Cuando empezó el conflicto con Irán, todo el mundo se puso a hablar de lo mismo: misiles, portaaviones, guardia revolucionaria.

El teatro de siempre.

Pero yo me quedé con una pregunta distinta, la que se hacen los que mueven el dinero de verdad: ¿a quién beneficia que el Estrecho de Ormuz lleve meses semi-cerrado?

La respuesta, cuando la ves, ya no puedes des-verla.

El negocio que nadie te está contando.

Mientras medio mundo mira los titulares de la guerra, el 18 de mayo de este año, hace apenas dos días, Glenfarne Alaska LNG y ConocoPhillips firmaban un acuerdo de suministro de gas natural a 30 años.

Treinta años.

No es un contrato, es una hipoteca geopolítica.

Con este acuerdo, Alaska LNG tiene ya comprometidos suficientes volúmenes de gas del North Slope para tomar la decisión final de inversión en la Fase 1 del proyecto: una tubería de 1.200 kilómetros para llevar gas a los consumidores americanos y, en la Fase 2, instalar terminales de exportación de GNL en Nikiski.

Y los compradores de ese GNL ya están firmados: JERA y Tokyo Gas de Japón, CPC de Taiwán, PTT de Tailandia, POSCO de Corea del Sur y TotalEnergies.

¿Te suena ese mapa? Sudeste asiático. El patio trasero de China.

Ahora junta las piezas.

El Gran Israel como excusa, el gas americano como objetivo.

Cuando empezó la guerra, los analistas de siempre hablaron del «Gran Israel»: la teoría de que Netanyahu quería una ventana de oportunidad para rediseñar el mapa del Oriente Medio, eliminar a Hezbollah, debilitar a Irán y asegurarse el control desde el Mediterráneo hasta el Golfo.

Puede que sea verdad, no lo voy a negar. Netanyahu tiene sus propios intereses y sus propios problemas judiciales que le conviene mantener en segundo plano mientras hay bombas cayendo, ya lo hemos dicho aquí antes.

Pero hay una capa por debajo de esa narrativa que es mucho más interesante.

Imagina que eres el deep state americano, ese grupo de intereses que existe más allá de los presidentes y los ciclos electorales.

Llevas años viendo cómo el sudeste asiático depende energéticamente del Golfo Pérsico, y que esa dependencia crea una red de relaciones comerciales que termina siempre en Pekín.

Qatar, Arabia Saudí, Emiratos: todos venden al este. Y el este es, básicamente, el mercado cautivo de China.

¿Cómo rompes eso?

No puedes venderle gas directamente al sudeste asiático de forma competitiva mientras el Golfo Pérsico esté produciendo a pleno rendimiento.

Los costes de producción del GNL americano no compiten con el gas de Qatar cuando todo fluye sin problemas por Ormuz.

Pero ¿y si Ormuz dejara de funcionar?

La destrucción de demanda más cara de la historia.

Aquí es donde la teoría se pone oscura, y te lo cuento porque los datos encajan demasiado bien para ignorarlos.

Si en el diseño original del conflicto se contemplaba que los países del Golfo, Arabia Saudí, Emiratos y Kuwait, se vieran arrastrados al conflicto, Irán habría respondido destruyendo sus instalaciones energéticas.

Las refinerías de Ras Tanura, las terminales de Fujairah, los nudos de licuefacción de Qatar.

Todo eso, que bombea millones de barriles y millones de metros cúbicos de gas al día hacia Asia, habría desaparecido del mapa de un plumazo.

¿El resultado? Una destrucción masiva de oferta energética en el Oriente Medio que deja a Japón, Corea, Taiwan y el sudeste asiático sin su proveedor habitual, desesperados, buscando alternativas a cualquier precio.

Y ahí aparece Alaska.

Esto no es ciencia ficción.

Es exactamente lo que está pasando, en cámara lenta y sin que se haya llegado al escenario más extremo, porque los países del Golfo han tenido la inteligencia de no entrar de lleno en el conflicto.

Pero el daño parcial ya está hecho: Ormuz es un coladero, las reservas mundiales se están drenando a un ritmo de récord y los contratos de suministro a largo plazo en Asia están migrando hacia el Atlántico.

El reglamento de metano como palanca.

Y ahora entra la última pieza del puzzle, la que me parece casi de manual de estrategia geopolítica.

Los exportadores de GNL americanos están pidiendo a Europa que retrase hasta 2028 la aplicación de su reglamento de emisiones de metano.

El argumento oficial es técnico: los estándares de medición no están listos, la infraestructura de compliance no existe, y la incertidumbre está paralizando la firma de contratos a 15 y 20 años porque los compradores europeos no pueden cuantificar los costes de cumplimiento.

Puede sonar a excusa corporativa, pero tiene una lógica financiera real: para que Glenfarne tome la decisión final de inversión en Alaska LNG, necesita contratos firmados. Y los contratos no se firman cuando hay una nube regulatoria encima que nadie sabe cuánto va a costar.

El retraso del reglamento europeo no es solo un favor a la industria del gas. Es despejar el camino para que se firmen los contratos que financian los terminales que van a abastecer a Asia durante las próximas tres décadas.

Europa, sin darse cuenta o quizás dándosela perfectamente, está siendo el lubricante financiero del proyecto que rodea a China por el lado del Pacífico.

¿Qué haces tú con todo esto?

Pues lo que hacen los que saben: entender que estamos en un cambio de era energética y que los que van a ganar son los que controlan la infraestructura de transporte y licuefacción de gas en el Atlántico Norte.

Las empresas con exposición a GNL americano, terminales de regasificación en Europa y Asia, y contratos de suministro a largo plazo van a tener un viento de cola estructural durante los próximos veinte años.

No porque el mundo sea un lugar justo, sino porque así lo han diseñado los que mueven los hilos.

Tú puedes seguir pensando que la guerra de Irán es un conflicto religioso o territorial. Puedes seguir creyendo que las regulaciones de metano son un debate medioambiental. Puedes seguir viendo las noticias y pensando que todo es una serie de eventos inconexos.

O puedes empezar a leer el mapa.

El gas de Alaska ya tiene sus compradores en Asia firmados.

Las terminales ya tienen sus financiadores alineados. Y el Estrecho de Ormuz sigue con el candado puesto.

La partida lleva años jugándose. La pregunta es en qué lado del tablero estás tú.


Poco de lo que se nos dice por los Medios Tradicionales de Comunicación, incluso a través de las Redes Sociales, se ajusta a la realidad de los acontecimientos. Es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros el abrir ojos y oídos, para reconocer esa realidad que se nos oculta; de igual modo que para desvelar los motivos por los que se nos realiza ese ocultamiento.

Niklauss.


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