
El mal humor en el trabajo, ser arrogante, perder el tiempo, los chismes de oficina, el mal rollo, ser rebelde o individualista… Son estados de ánimo o actitudes que se consideran tóxicas y negativas. Pero todas ellas pueden mostrar una cara positiva. Muchas de esas situaciones aparentemente perjudiciales presentan un reverso de eficacia, productividad, motivación o utilidad… Por si no lo sabía.
EL ARTÍCULO (Enlace al artículo completo).
Como es lógico, la relación con el jefe puede ser un caldo de cultivo para todo tipo de conflictos y situaciones tóxicas. Una vez más, hay que repetir aquello de que «la gente no se va de las empresas, sino de sus jefes».
Así, en el catálogo de estados de ánimo y factores negativos en el ámbito laboral, un mando autoritario que gestione a cara de perro se considera una pesadilla profesional que impacta en nuestras vidas.
Autoridad, al fin
La realidad es que sin nadie que dirija, que guíe, que corrija, que coordine, que exija, que tome la última decisión, que empodere, que contrate y que despida a quien no da el nivel, una organización no duraría mucho tiempo.
Además, está comprobado que mucha gente sería muy infeliz si no tuviera a alguien que le marque el camino y que asuma la responsabilidad. Simplificar la organización es bueno, pero hacerla plana puede convertirla en plenamente inexistente.
La eficacia del mal humor
The New York Times advertía recientemente de que el mal humor en el trabajo no tiene por qué ser algo negativo. Recordaba para ello un estudio publicado en The Journal of Experimental Social Psychology que puso a prueba la habilidad de un grupo de personas para detectar una mentira. Quienes estaban en un estado de ánimo negativo, después de ver un cortometraje sobre la muerte provocada por el cáncer, fueron más proclives a detectar mentiras que aquellos que estaban de buen humor tras ver un videoclip de comedia. La conclusión es que estar de mal humor «aumenta el escepticismo en relación con lo que una persona debe juzgar, y mejora la precisión al identificar las comunicaciones falsas, mientras que los sujetos que están de buen humor son más propensos a sentir confianza e ingenuidad». Es decir, se es mejor detectando mentiras en el terreno laboral cuando uno no es feliz en el trabajo. Esa felicidad, según la investigación, «puede volvernos ciegos ante el hecho de que tenemos estas deficiencias que son provocadas por nuestras emociones». Y esto implica que debemos ser conscientes de nuestras emociones y sentimientos (y de cómo influyen en lo que hacemos) cuando tomamos decisiones importantes o discutimos acerca de temas delicados. Podemos ser más susceptibles al engaño cuando estamos felices.
Individualismo vs. equipo
Para Andrés Pérez Ortega, consultor en estrategia personal, hay «una frase muy Mr. Wonderful» que dice que «si quieres ir rápido camina solo, pero si quieres llegar lejos ve acompañado». Cree que hoy esto ha perdido sentido, porque «disponemos de medios y recursos asequibles para que un individuo en solitario pueda hacer cosas que hasta ahora requerían de más gente. De hecho, el trabajo en equipo, los comités y los grupos multidisciplinares se han convertido más en un lastre que en algo que permita mantenerse al día. Así que el individualista, o el solopreneur son auténticos generadores de ideas y de avances».
Rebeldía creativa
Andrés Pérez opone la rebeldía al caso del típico empleado con el sello de la empresa en la frente. Cita el libro The organization man, escrito en 1956 por William H. Whyte, que describe a un empleado sumiso, orgulloso de su organización y que espera jubilarse en ella. Pérez cree que «el problema es que esa sumisión, esa docilidad y sometimiento a las órdenes de los superiores acabaron convirtiendo a los elefantes corporativos en zombies empresariales. El rebelde, el que no acepta las órdenes (muchas veces absurdas) de sus jefes, puede convertirse en el catalizador, en el revulsivo que algunas empresas necesitan. El problema es que incluso las empresas más modernas acaban anquilosándose, y el rebelde tiene dos opciones, o se mimetiza en el entorno o se va (o le invitan a hacerlo)». A esto Jesús Vega añade que «el responsable sigue siempre las normas y el manual, mientras que el irresponsable se las salta de forma habitual. Desobedece y provoca. Y realmente son éstos los que dan vida a las organizaciones. Fomentar cierta desobediencia puede ser positivo, porque la obediencia implica que todos hacen lo mismo».
La bondad de los chismes
Los rumores y chismes de oficina típicos de la máquina de café pueden resultar tóxicos, pero pueden tener efectos positivos en comunicación interna o para hacer surgir ideas o iniciativas que nunca se conocerían si sólo se siguen los cauces tradicionales. La parte positiva de este factor aparentemente perjudicial es que los rumores internos se consideran como la fuente de comunicación de la compañía con más credibilidad, porque en lo que más cree la gente es en lo que se escucha por los pasillos y en lo que sale en la prensa, antes que en la comunicación interna de la empresa. Y además sirve para identificar a ciertos líderes de opinión capaces de impactar en los demás.
El valor de procastrinar
Estar y parecer ocupado en el trabajo se ha convertido en un signo de estatus, algo así como una nueva capacidad profesional de la que muchos presumen las 24 horas, más allá del horario laboral. Perder el tiempo, o procastrinar, debería verse entonces como algo negativo. Pero lo cierto es que hay quien se refugia en una aparente actividad y se empeña en tareas improductivas, porque la nueva cultura del tiempo en el trabajo sigue chocando con el presentismo, los horarios interminables, o la vieja cultura del estar frente al hacer.
Algunas tareas calificadas de «no trabajo» pueden considerarse eficaces, y proporcionan un beneficio evidente en términos de desarrollo, satisfacción laboral o motivación. Sin olvidar que ciertas pequeñas distracciones en la oficina, lejos de ser una pérdida de tiempo, aumentan la productividad.
En ese «no trabajo» eficaz se puede incluir la creación de redes; insertar nuevas ideas que provienen del exterior de la compañía; una cierta socialización productiva que se refiere a saber venderse y a conseguir que las propias ideas se conozcan; o dedicar tiempo a hacer balance del día, diseccionando tareas, momentos y a las personas con las que nos relacionamos, y que llevan a encontrar algo positivo de nuestro trabajo.
LA FUENTE y su comentario.
Antonio Valls Roig (@AntonioVallsR) twitteó a las 3:00 p. m. on lun., ene. 07, 2019:
Por qué las peores rutinas en el trabajo pueden llevarle al éxito https://t.co/6AxjXNBoKp https://t.co/0gQoF9q2uT
(https://twitter.com/AntonioVallsR/status/1082275692769935361?s=09)
EL COMENTARIO de @CatSeguros By ©® LNC.
Por fin tenemos un estudio estricto, publicado en un medio de gran radio de influencia, en el que aquellas características que -a priori- son consideradas desagradable; en realidad, son puestas en su relieve positivo.
Dejamos este «post» para que nuestros lectores y seguidores podáis reflexionar sobre cuáles de aquellas críticas, que podáis recibir en el día a día, deben ser consideradas negativas, cuáles positivas y, sobre todo, cuáles debemos de utilizar como revulsivo: un buen consejo que podemos dar desde @CatSeguros es:
«Sin alcanzar la soberbia ni el orgullo propios del Ser Humano, considérate un privilegiado cuando seas criticado o desplazado de los estándares: seguramente, no sólo vas por el buen camino, sino que, tarde o temprano, te llegarán los reconocimientos silenciosos de quienes te encasillaron de esa forma».
Lo que desde @CatSeguros ponemos a tu disposición:



Después de cinco años creando empleo a marchas forzadas, España empieza a ver cerca los números del mercado laboral previos a la crisis. 2018 ha acabado con algo más de 19 millones de afiliados. Desde 2007 no sucedía nada parecido, aunque esa cifra todavía está lejos del máximo histórico de afiliación, que se alcanzó en verano de ese mismo año (19,5 millones).


En el pico de la burbuja, España pedía prestados fuera unos 100.000 millones que se dedicaban a financiar la burbuja inmobiliaria y a la expansión internacional de las grandes empresas y bancos. En aquel momento existía un gran exceso de liquidez mundial, y los inversores se peleaban por encontrar activos seguros y rentables. España y el ladrillo español parecían una buena apuesta, máxime cuando además contaba con el respaldo de la zona euro. La deuda con el exterior se disparaba. Los bancos españoles acudían al mercado para financiarse emitiendo titulizaciones y cédulas hipotecarias. Y con ese dinero podían seguir prestando. Hasta que, de golpe y porrazo, cambiaron las perspectivas cuando se inició la crisis. Surgen las fisuras y se percibe que esa deuda ya no tiene el respaldo europeo.
Solo que España tiene que seguir refinanciando periódicamente esos pasivos. Los tipos de interés que reclaman los inversores para seguir comprando las emisiones se disparan. La vulnerabilidad se hace patente. Los bancos ya no se prestan entre ellos. El BCE tiene que responder al cierre del mercado interbancario ampliando la liquidez que suministra a las entidades. E incluso va más allá: ante el cierre de la financiación directamente realizada entre bancos, el eurobanco tiene que situarse en medio y garantizar todas las operaciones entre entidades.
La situación solo se estabiliza cuando queda claro el respaldo de Europa y el BCE a la deuda periférica. Pero el problema de fondo sigue ahí. Pese a siete años de superávit con el exterior y cinco de crecimientos, la deuda externa se corrige más lento de lo deseable. Sigue repuntando en euros. Y ha descendido en proporción al PIB desde el 174% al 167%, una medida más apropiada porque tiene en cuenta la capacidad de pago. Aun así, la reducción resulta escasa porque la caída del endeudamiento privado ha sido sustituida por la escalada de la deuda pública. Y el 43% de los bonos españoles están en poder de inversores foráneos, según cifras del Tesoro.
En sus últimos informes, el Banco de España y el FMI han alertado de que España padece un problema de alta deuda pública y externa. Y para seguir haciendo frente a esos pagos tiene que generar continuos superávits con el exterior. Lo que a su vez implica que tiene que mantener la competitividad. Hasta ahora España ha combinado crecimientos robustos del PIB con saldos positivos con el exterior, un hecho inimaginable en periodos de expansión anteriores. Sin embargo, en los últimos meses el saldo se ha deteriorado con rapidez. Todavía aguanta con un 1,4% del PIB frente al 2,1% anotado un año antes. Pero el Banco de España advierte “un posible agotamiento del proceso de ganancia de competitividad observado tras la crisis”. Y una disminución de la deuda pública ayudaría mucho, señalan siempre los organismos internacionales.
Entre septiembre de 2017 y septiembre de 2018, la deuda total con el extranjero ha subido en 76.000 millones de euros. La de las Administraciones ha engordado en 38.000 millones. La de los bancos en títulos vuelve a aumentar: 24.000 millones. Y desciende en 22.000 la de las empresas.
Sin embargo, no toda la deuda es lo mismo: una parte del incremento se explica porque el Banco de España ha servido para canalizar las inyecciones de dinero del BCE. Desde 2015, los pasivos del Banco de España con el exterior se han elevado en 200.000 millones. En principio, estas deudas obedecen en buena medida a las operaciones del eurobanco, que va a ir renovando según vea preciso y, por tanto, suscitan menos preocupación. Es decir, España ha recompuesto algo sus pasivos durante los últimos años, aumentando los del Banco de España y aminorando los del sector privado.
Pero, en todo caso, aún queda mucho por hacer. Como destaca el FMI, España es el Estado de la zona euro que más necesidades de financiación presenta en función de su PIB, solo superado por Italia y empatado con Bélgica. En 2018 ha refinanciado un 17% del PIB en deuda pública, por encima de los 200.000 millones. Pese a que los títulos estatales son más fáciles de refinanciar por el BCE, se trata de un claro talón de Aquiles en cuanto el humor de los mercados se vuelva en contra. Y hace que España sea muy vulnerable a las subidas de tipos.
Además, los bancos han vuelto a subir la deuda exterior, lo que revela una falta de ahorro interno. Según explican los economistas, lo ideal sería que el país generase el suficiente ahorro como para poder autofinanciarse.
En consecuencia, se aproximan (casi con toda seguridad) tiempos no menos difíciles que los atravesados entre Julio de 2007 y Julio de 2012 (momento en el que «supuéstamente» se producía el rebote de las caídas de los mercados y, por tanto, la «ansiada recuperación»).
¡Eso sí!, como podemos ver en este artículo, el colchón disponible (es decir, el «recurso de recurrir» a compensar la situación «tapando los enormes agujeros con la emisión de Deuda Pública») pues … ¡ya no está tan disponible!.







